
Se dice que segundas partes nunca fueron buenas. No es el caso de La taberna fantástica que propone el Centro Dramático Nacional hasta el sábado en el teatro Cuyás. Sin embargo, tras verla, sólo se explica que en los 80 estuviera tres años en cartel por el trabajo de su protagonista de entonces, Rafael Álvarez El Brujo. Su magia para dar vida al tragicómico pícaro español se echa en falta. Y no es por demérito Antonio de la Torre, el actor principal de esta nueva versión, sino porque las borracheras en escena son una de las especialidades del Brujo.
Esta genialidad para encarnar el esperpento seguro que ayudó a digerir el texto de Alfonso Sastre, un viaje a los infiernos de la España más oscura, suburbana y marginal de la posguerra. El autor nos mete de lleno en una taberna de un poblado de chabolas del Madrid de los 60. Sus habitantes huyen de la realidad inflándose a cazalla y cuartillos de Mahou. Brindan mientras se ríen de su sombra y juegan con la muerte. La estampa hiperrealista se llena de diálogos hilarantes y absurdos, en los que Sastre exhibe su dominio de las jergas y airea un léxico tan remoto como aquellos quincalleros.
La puesta en escena y los actores están dabuten. Aunque a veces dan ganas de darse el zuri, porque te están guindando la posibilidad de najarse del amargo mundo que la M-30 borró del mapa hace mucho tiempo.




