
Como lo oyen. Uno de los bares con más solera de la cuidad de Aguere ya está en la red, con todas sus consecuencias. Y les voy a contar una cosa: cuando me propusieron colaborar en esta web, el primer sitio del que pensé hablar fue el Benjamín. No porque necesite publicidad, ni mucho menos, sino por una suerte de deuda moral (espero que no económica) que tengo con él.
El Benjamín es el consulado no oficial de Gran Canaria en Laguna. Algunos dicen que el Bar Benjamín está en la calle Heraclio Sánchez, incorrectamente. Es al revés. En todo caso, deberían decir que Heraclio Sánchez es la calle del Benjamín.
No sé cuántas generaciones se han sentado en esas sillas a intentar arreglar el mundo entre quintos de cerveza y aceitunas, (unas aceitunas cuyo aliño Benjamín guarda como la fórmula de la cocacola), pero sé que, en más de un caso, la tradición de visitarlo ha pasado de padres a hijos. Como la tradición de usarlo como apartado de correos, aunque ya de eso han hablado otros más y mejor.
Benjamín es un camarero de los que ya no quedan. Eficiente como el que más, cordial, sin llegar a ser confianzudo, reconoce a los de su tierra “por el cloquío”, y, a partir de ese momento un “¡hola, paisano (a)!” saldrá de su boca cada vez que uno cruce esas puertas. Pero hasta ahí llegamos. Ni un exceso más en la familiaridad, ni una palabra más de las necesarias, una discreta retirada de la mesa cuando ve que la conversación es conflictiva hacen de él uno de los mejores y de su local uno de los que, por mucho que digan los pijos, seguirá sobreviviendo en estos tiempos de crisis.
Pero no todo es logro de Benjamín. Claro, él es el que sale a hombros cada vez que la Unión Depresiva Las Palmas gana algo, o el que sale en los reportajes en la prensa. Todo el mundo va a saludarlo cuando pasa un tiempo fuera de la ciudad, y vuelve, como el hijo pródigo, con el rabo entre las patas. Volvemos, pero no sólo por él. Volvemos, fundamentalmente, porque no hemos encontrado otro lugar en el que las tapas de ensaladilla y los bocadillos de tortilla sepan como los de Carmita, una mujer parsimoniosa, de pocas palabras, que, como una madre, te planta desafiante el plato de potaje y ¡ay de ti, si dejas un pizco en el fondo! Cuánta hambre no habrán matado estos dos a quienes, como yo, nos gastábamos los pocos cuartos que teníamos en cuanto llegaban y luego nos veíamos sin poder comprar ni arroz para engañar la barriga. Es de esa deuda moral de la que les hablaba al principio. Y digo moral, y no económica, porque para Benjamín, “cuentas claras conservan amistades”.
Ahora, un par de asiduos han montado un grupo en facebook. Allí podrán ver fotos del local y comentarios de algunos de sus clientes, aunque yo les recomiendo que vayan al menos una vez en la vida, como los musulmanes a la Meca, o los devotos al Rocío, que se pidan su quintito, con su tapa de ensaladilla y tortilla, y que dejen pasar el tiempo contemplando a la parroquia. Puro costumbrismo es eso, no lo que nos enseñaron en Literatura.