
Escena romántica que el manipulador emocional de Muccino no duda en reiterar.
Will Smith llega a la gran pantalla y a un montón de marquesinas de la ciudad con Siete Almas, una película en la que el Príncipe de Bel-Air intenta redimirse de las gamberradas que hizo durante años. Como si de un angelito de Machín se tratara, pone carita de no haber roto un plato y demuestra una misteriosa habilidad para detectar y aliviar tragedias cotidianas.
La parte más interesante del filme se concentra en su primera media hora. La confusión es tal que el espectador no sabe si se ha quedado traspuesto o si el protagonista sufre trastorno bipolar. Por ello, me niego a seguir leyendo la tarjetita y a destripar el meollo del argumento.
Pasado este punto, el entuerto se deshace fácilmente y el final es más previsible que un capítulo del Equipo A.
Eso sí, en tanto llega ese apoteósico desenlace, el realizador Gabriele Muccino (En busca de la felicidad) no tiene reparos a la hora de administrar patetismo facilón. Para colmo, lo adereza con la repetición de las escenas más románticas y cursis de un amor imposible, por si, llegados a este punto, alguien no hubiera soltado la pertinente lagrimita.
A su favor, el empeño de Smith por parecer creíble en el papel más difícil de su carrera, el buen trabajo de Rosario Dawson dando vidilla a una atractiva enferma terminal y algunas tomas de gran belleza.
En definitiva, un filme para los que disfruten de los puzzles y de los impactos emocionales.
Si se atreven, lleven un kleenex a mano.



